Vestida junto a la ventana,
sueña con abrazos sin intermediarios. Sueña con roces de pieles al estremecerse. Cuando la ausencia devora el
corazón y el recuerdo es el único que le acompaña, no se siente
sola. Escucha las historias de viejos lápices de colores aún sin escribir, piensa, quizá mañana utilice el verde. Decide decir
adiós a las palabras conocidas para decir
hola a las que han de llegar. Piensa que el tiempo siempre dura más que uno mismo, porque él nunca
duerme. Uno no puede estar cansado, si no sabe que es descansar. Abandona la idea de seguir teniéndole
miedo al que le escribe sin saber de que color son sus ojos, al que le da las gracias sin escuchar su voz, al que le anima a escribir sin saber que le ha de decir. No olvidará nombres que no va a
escuchar.
No recordará cumpleaños que seguirán soplando sus velas. Ha aprendido que no ha de tenerle miedo a las voces en off, a las
palabras, a los silencios y al sentirse invisible, todos necesitamos sentirnos invisibles en algún momento. A dar las
gracias a los desconocidos, a guardar las mejores ideas en su sombrero de copa, alguna vez la sorprenderán con su
magia. A dejarse rescatar de calles de las cuales no sabe el nombre.
Hoy ha pensado en seguir siendo ese espantapájaros, que guarda las plumas de los pájaros que van a asustarse con su disfraz, dentro de poco tendrá las suficientes para ir en busca de su corazón, tras el camino amarillo. Dejar de tener miedo de los zapatos que puedan impedir que salga corriendo. Hoy comienza a
escribirsobrevivir de nuevo.